Porque hace días que no escribo aquí. Porque estaré ocupado unos días más. Porque hay que escribir algo para llenar el vacío. Porque este blog tiene un título...
Porque sí.
Lo de "Erase&Rewind" viene de aquí (y de una notable falta de imaginación, cosa evidente).
No guardo muy buen recuerdo de los ejercicios de exteriorización, derivados de la psicología y autoayuda. Pero el otro día, en el tren de camino a la universidad, oía a un grupo de estudiantes hablar de sus miedos:
El que más estresado parecía, hablaba del pánico frente a la posibilidad de suspender muchas asignaturas (y "perder" un año de su vida repitiendo curso). Otra chica respondía con el típico "Que me sorprendan con un examen sin haberme acordado de estudiar". La tercera añadía un "No encontrar trabajo cuando acabe la carrera"...
Y entonces yo, frágil como soy, y sin poder evitarlo, empezé la inevitable discursión con mi mente.
Y pense que para mí, el mayor miedo en esta vida sería ver el dolor, el pánico, el temor, en los ojos de un ser querido, sin poder hacer nada para evitarle el sufrimiento. Mi mayor miedo sería ver que se aproxima algo devastador, un huracán aniquilante; y me hubieran atado en una silla, amordazado, desgarrándome las cuerdas vocales, sin poder avisar a quien más quiero. Mi mayor miedo sería un diluvio universal que lo arrasara todo y me dejara solo en este mundo, sin amigos, sin família, sin recuerdos...
Y me forzé a dejar de pensar, a girar la cara hacia la ventana, para que las cosas que pasaban y se perdían limpiaran mi mente; y la gente no viera las lágrimas que ya no encontraban sitio en mis ojos, y querían empezar a descender por las mejillas...
Hoy en el metro un chico rozando la cuarentena llevaba una cafetera nuevecita, una de esas enormes, casi tanto como sus ojeras. Seguramente era un escritor esperanzado; había visto la luz y el electrodoméstico constituía sus refuerzos para la dura batalla que empezaría esta noche, la cruel guerra contra el folio en blanco...
En el tren, una chica bellísima sentada delante de mí dormía durante todo el trayecto: era un ángel tomando fuerzas para afrontar un duro día en la facultad. Cautivador.
Y en una céntrica calle, entre los nubarrones grisáceos de las ocho de la mañana, una señora sonreía como la más contenta de las señoras: quizá su marido rompió la monotonía de treinta y siete años de matrimonio, y le ofreció una cena romántica, seguida de ún regalo, la exención de fregar los platos y una noche memorable...
Quién sabe. Son pequeños detalles que quizá imagine. Pero me gusta verlos, o creerlos ver. Y escribirlos aquí.
*****!
Recién estrenado el blog, con ansias de garabatearlo, y quizás esta semana deba ausentarme por causas de fuerza mayor... Aunque de todas formas, espero tener línea allí donde voy; de manera que este aviso pase a ser innecesario...
Pues mira por dónde... un servidor, que pensaba que permanecería ajeno a la moda de los blogs (de hecho, es una manía que tengo, intentar permanecer ajeno a todas las modas, excepto las imprescindibles...) acaba de darse de alta en lacoctelera...
Mira tú que bien...
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